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sábado, 27 de septiembre de 2008

Cronología de CthulhuTech

(Principios del Siglo 21) El Nuevo Movimiento Internacionalista – Tensión en las relaciones internacionales. Una economía global interdependiente, los esfuerzos internacionales por combatir el terrorismo mundial, y intento generalizado por que se cumplan los derechos humanos obligan a una reevaluación de las Naciones unidas y del papel de la OTAN en los asuntos mundiales. Apoyados por intereses financieros internacionales, diplomáticos de la Unión Europea y de Rusia exigen una reestructuración de la carta de las Naciones Unidas apoyando una mayor autoridad central para legislar y para hacer cumplir las leyes internacionales.

(2013) Descubierto Los Misterios Interiores – Los Misterios Interiores, o Die Geheimnisse Innen, traducido del alemán, se establece como la referencia más antigua y oscura dedicada a los principios de la geometría interdimensional no euclidiana. Trata acerca de la manipulación de energías arcanas a través de puntos de referencia comunes que intersecan la curvatura del espacio entre dimensiones. El uso básico y más práctico de estas energías es el desarrollo de una fuente de energía inagotable basada en los principios de la hechicería arcana. En la historia de la humanidad sólo han quedado registradas referencias esporádicas acerca de este texto extremadamente raro y poderoso. Apareció por última vez en Italia a finales del siglo XII antes de la creación de la Inquisición del Papa Gregorio IX. Los Misterios Interiores desapareció nuevamente hasta que finalmente fue descubierto entre la colección de un erudito callado y reclusivo llamado Doctor Harrison Lovelorn. El libro acabó donado, junto con el resto de su colección, a la Universidad Miskatonic de Arkham, tras la misteriosa desaparición de Lovelorn.

(2015) Formación de las Nuevas Naciones Unidas – Alimentada por una aversión a encabezar todas las acciones policiales mundiales, y por la necesidad de revigorizar una economía ya hace mucho tiempo estancada reduciendo las restricciones al comercio internacional, las Naciones Unidas comienzan a abrazar el Nuevo Movimiento Internacionalista. Amanda Stimson, la presidenta de los Estados Unidos, negocia con oficiales europeos y rusos para desarrollar un gobierno central de las Naciones Unidas basado en principios democráticos. La OTAN se convierte en el brazo militar de las Naciones Unidas para poner en práctica las resoluciones del consejo de seguridad. El congreso de los EEUU ratifica el Acta Stimson. Este Acta otorga a la Naciones Unidas el derecho a movilizar una fuerza militar internacional cuando reciba la autorización del consejo de seguridad. Otras naciones siguen este ejemplo y nacen las nuevas Naciones Unidas.

(2017) El Nacimiento del Nuevo Fronterismo – Bajo mandato de las Nuevas Naciones Unidas (NNU), se lanzan esfuerzos internacionales para explorar nuevas formas de recursos naturales. Se crea el Proyecto Atlantis para explorar la viabilidad de la agricultura submarina como medida para porporcionar sustento a la cada vez mayor población mundial. De igual forma, el Proyecto Prometeo se crea con la intención de enviar misiones pilotadas a la exploración de Marte y de las lunas de Júpiter y Saturno.

(2019) Teresa Ashcroft, Pionera de la Arcanotecnología – Teresa Ashcroft, una brillante alumna de doctorado en la Universidad Miskatonic, se encuentra con Los Misterios Interiores mientras realiza una investigación en el archivo restringido de la universidad. Cada vez más obsesionada con el potencial de su recién descubierta adquisición, utiliza la matemática no euclidiana del libro para adentrarse en un campo de estudio totalmente nuevo. El desarrollo de la arcanotecnología combina con éxito hechicería arcana y principios científicos en una disciplina funcional. Aunque sus teorías acabarán por revolucionar el mundo, el estudio de la arcanotecnología acabará por enloquecer a Ashcroft.

(2023) Simon Yi Comienza a Trabajar en el Motor-D – El ingreso de Teresa Ashcroft en una institución psiquiátrica acaba de forma efectiva con las investigaciones arcanotecnológicas. Al menos hasta que uno de sus colegas, Simon Yi, decide continuar por su cuenta con la investigación. Consultando las notas de Ashcroft, Yi comienza su trabajo detallando el diseño de una fuente de alimentación arcanotecnológica, tal y como se describe en Los Misterios Interiores. El producto de este diseño será lo que Yi llama el Motor Dimensional, o Motor-D para abreviar. Por desgracia, al igual que su predecesora, Yi también acaba loco al explorar los secretos arcanos.

(2026) El Doctor Golvash Czeny Expande la Investigación Arcanotecnológica – Buena parte de los éxitos iniciales del Simon Yi se debieron a consultas con su buen amigo el Doctor Golvash Czeny. Cnezy, francmasón de origen polaco y renombrado experto en teoría cuántica, trabajó como profesor en la Universidad de Ingolstadt en Baviera. La locura de Yi dejó a los miembros del consejo de administración de la Universidad Miskatonic desesperados por encontrar a alguien capaz de continuar el trabajo de Ashcroft y de Yi. Sabiendo de su familiaridad con parte de la investigación de Yi, el consejo de administración invitó a Czeny a Arkham para continuar con la exploración de la arcanotecnología. Czeny era totalmente consciente del destino de sus predecesores. Al comprender el peligro inherente en mezclarse con este tipo de conocimiento, monta un grupo de desarrollo para dividir el proyecto en diversas subsecciones. Al hacerlo, es capaz de preservar la cordura de los miembros del equipo de desarrollo. Sin embargo, a pesar de sus precauciones, muchos de los miembros del equipo experimentan crisis nerviosas, episodios psicóticos, y pesadillas continuas.

(2027) Fundación de la Sociedad Ashcroft – Golvash Czeny y Alice Faye Morgan, del consejo de administración de la Universidad Miskatonic, se dan cuenta con rapidez de que la investigación arcanotecnológica sobrepasará pronto la capacidad de la universidad para mantenerla. Comienzan a trabajar en la creación de una corporación capaz de llevar la investigación arcanotecnológica a un nuevo nivel. La mayor parte de los fondos de esta nueva corporación se adquieren de fuentes privadas, aunque parte de los fondos provienen de fondos gubernamentales coordinados a través del padre de Teresa Ashcroft, el senador Albert Ashcroft. Con Morgan como CEO y con Czeny a cargo del departamento de I+D, se crea la Fundación Ashcroft, nombrada así en honor a la pionera de este nuevo campo de investigación, para liderar la nueva revolución tecnológica.

(2030) El Primer Motor-D – el primer éxito de la Fundación Ashcroft es la creación del prototipo de Motor Dimensional Arcanotecnológico, o Motor-D. las pruebas iniciales del Motor-D son positivas. Sin embargo, muchos de los encargados de las pruebas acaban heridos o muertos cuando un prototipo de Motor-D sufre una malfunción, lo que hace que una “Forma de Vida Peligrosa” aparezca a través de un portal interdimensional. Sin embargo, a pesar de estos contratiempos, el Motor-D se acaba con éxito como fuente de energía inagotable.

(2031) Prueba del Motor-D en Vehículo – Eventualmente se prueba el Motor-D como fuente de alimentación principal para aplicaciones motoras. Extrañamente, las pruebas iniciales con vehículos con Motor-D revelan un interesante efecto secundario para el operador del vehículo. La concentración de los pilotos de pruebas se sintonizaba de forma radical con las características físicas y con las capacidades del vehículo. Era casi como si el piloto fuese capaz de “sentir” al vehículo como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Los agentes de la Fundación consideran a este efecto secundario como un beneficio adicional.

(2033) El Motor-D se Presenta en Público – El Motor-D se desvela ante el mundo en una masiva conferencia de prensa. La comunidad científica trata de obstaculizar y difamar el desarrollo de esta nueva tecnología, pero la fuerza de las pruebas es evidente. Después de tres meses de tratar de desacreditar el Motor-D, la comunidad científica se ve obligada a aceptar los principios de la arcanotecnología. Nace una nueva disciplina, y el mundo cambia para siempre.

(2034 a 2039) El Motor-D en Cascada – Las plantas de Motores-D en Cascada sustituyen a las plantas hidroeléctricas y nucleares como fuente principal de energía eléctrica comercial.
(2034) La Fundación Ashcroft se Convierte en la Mayor Corporación Mundial – El tamaño y la potencia económica de la Fundación deja en mantillas a todas las demás corporaciones internacionales casi de la noche a la mañana. También se convierte en un grupo de presión influyente dentro de las NNU.

(2036) Desarrollo de la Cápsula-A – tras resolver el anteriormente irresoluble problema de la energía, los Motores-D se aplican a elevadores antigravíticos para crear los sistemas antigravíticos encapsulados totalmente auto contenidos, o cápsulas-A para abreviar. Se desarrollan prototipos de vehículos con cápsulas-A tanto para la potencia como para fuente de sustentación. Los vehículos con cápsulas-A revolucionan el transporte en todo el mundo. Las naciones que hasta ese momento dependían de la exportación de petróleo para sustentar su economía se acaban por encontrar en una crisis financiera.

(2039 a 2043) Exploración Espacial – la tecnología de los motores-D con cápsulas-A se aplica a la creación de nuevas naves espaciales reutilizables.

(2040 a 2043) Se Diseña el Primer Mech Arcanotecnológico – la Fundación Ashcroft recibe el encargo por parte de los Proyectos Atlantis y Prometeo de desarrollar un vehículo de trabajo funcional capaz de encargarse de tareas de construcción y exploración en ambientes inhóspitos. El Doctor Haru Akimoto diseña un prototipo de vehículo con motor-D con forma humanoide, afirmando que esta forma proporcionará una flexibilidad operacional máxima y que es la forma más adecuada para la realización de actividades en ambientes diversos. El prototipo tiene éxito más allá de las expectativas más ilusionadas, y el Vehículo Utilitario Mecánico (VUM) clase Ranger entra en producción completa.

(2045 a 2051) Los Proyectos Atlantis y Prometeo se Convierten en Realidad – La eficacia del VUM Ranger lleva a la rápida construcción de diversas cúpulas biocúpulas subacuáticas y a la creación de una nueva estación espacial internacional. También lleva al establecimiento de una operación minera en la luna y a la creación de pequeñas colonias en Marte, en las lunas de Júpiter Ganímedes y Calisto, y en la luna de Saturno Titán. Los efectos secundarios del motor-D son uno de los factores más importantes en el éxito de los Ranger.

(2047) Una Nueva Guerra Fría – Las naciones productoras de petróleo de oriente medio se separan de las NNU por culpa de su aprobación de la tecnología del motor-D. China, que se habían negado a firmar la carta de las NNU por su organización democrática se alía con oriente medio. Da comienzo una nueva guerra fría, con un rápido incremento de gasto de capital por parte de las NNU en investigación armamentística.

(2048) Los Mechs Arcanotecnológicos se Convierten en Armas de Guerra – Las NNU comienzan a experimentar con las aplicaciones militares de los mechs del Doctor Akimoto para convertirlos en vehículos militares multifuncionales. El Efecto Secundario del Motor-D sobre el Operador (ESMO) incrementa drásticamente la funcionalidad de los pilotos. El gobierno envía una serie de requisitos a diversas corporaciones para que comience el desarrollo de prototipos de mechs militares. Estos versátiles trajes mecánicos acabarán por reemplazar a los vehículos militares blindados como plataformas de combate principales.

(2050) Se Completa el Proyecto Hermes – Contratada por las NNU, la Corporación Chrysalis diseña un sistema de satélites para que se coloquen en diversas órbitas alrededor del sol. El Proyecto Hermes proporciona una red de comunicaciones en el sistema solar que permite una comunicación instantánea entre la Tierra y las colonias de Marte, Ganimedes, Calisto y Titán. La amplitud de este proyecto lleva a la Corporación Chrysalis a la arena de los jugadores internacionales principales.

(2051) Utilización de los Primeros Mechs Militares – se desvelan al público los primeros mechs militares. Miden entre 6 y 9 metros de altura y son útiles en una sorprendente variedad de escenarios. Capturan la imaginación del público, aunque los representantes políticos de la coalición China-Oriente Medio se muestran visiblemente nerviosos.

(2052) Descubierto el Aliento de R’lyeh – la Corporación Chrysalis descubre una copia completa de El Aliento de R’lyeh. Inscrito sobre piedra en el lenguaje de los hombres antiguos, el texto se descubre entre las ruinas de Nínive, a lo largo del río Tigris. Haciendo referencias cruzadas con el infame Necronomicón, o Libro de los Nombres Muertos, los investigadores de la corporación descubren una antigua fórmula, el Rito de la Trasfiguración. De acuerdo con las leyendas, el rito impone sobre su recipiente la forma de los maestros prehistóricos de la humanidad. Los ejecutivos de la corporación ven este nuevo descubrimiento como una forma de competir con el poder de la Fundación Ashcroft, lo que da como resultado la creación de un nuevo Programa de Investigación de la Transfiguración secreto.

(2053) Un Nuevo Enemigo Trama contra la Humanidad – los secretistas Migou de Plutón se enfrentan con una competencia territorial por el sistema solar. Los humanos han aceptado los principios mágicos y han desarrollado máquinas de guerra arcanotecnológicas. Sus intereses coloniales se han extendido por el sistema solar, lo que amenaza a la integridad territorial de los Migou. Considerando que esta es una situación inaceptable, comienzan a trazar un plan para devolver a la humanidad al sitio que les corresponde – encarcelados en la Tierra, sujetos a experimentos crueles, impotentes, y sin conocimiento de sus maestros secretos Migou.

(2054) Los Dhohanoides Originales – Se crean los primeros cambiaformas arcanos de entre los supervivientes de las pruebas iniciales del Rito de la Transfiguración. Tomando su nombre de la fórmula Dho clave, a estos individuos se los conoce como Dhohanoides. Son seres humanos capaces de asumir a voluntad la horrible forma de criaturas sobrenaturales –aunque algunos afirman que es al revés. Como siempre sucede en estos casos, muchos de los científicos del Proyecto Transfiguración pagan con sus corduras por estos conocimientos. De igual forma, los Dhohaniodes emergen del rito con sus psiques alteradas para siempre.

(2055) Los Migou Roban el Diseño del Motor-D – Operativos Migou se infiltran en los cuarteles de la Fundación Ashcroft en Arkham y roban los planos del diseño del motor-D y otros registros de desarrollo Arcanotecnológicos.

(2056) Nacimiento de los Nazzadi – Para mantener su existencia como un secreto para la humanidad, los Migou deciden crear una gigantesca nueva fuerza militar basada en su conocimiento avanzado de la genética y la clonación. Equipados con la arcanotecnología robada a la Tierra, este nuevo ejército creado por ingeniería genética hará creer a la humanidad que son originarios de más allá de nuestro sistema solar. Los Nazzadi, que es el nombre que les han dado, reciben la misión de invadir y ocupar la Tierra y de ocultar su origen y la existencia de los Migou.

(2056 a 2059) Los Migou se Preparan para la Guerra – Las avanzadas técnicas de producción de los Migou dan como resultado un ejército de mechs para los Nazzadi. Se forja y equipa toda una flota Nazzadi en tres años. Los Migou se muestran confiados de que la humanidad no será capaz de aguantar frente a la máquina de guerra Nazzadi.

(2057) La Corporación Chrysalis es Usurpada por los Hijos del Caos – Los espías de los Hijos del Caos (HDC) descubren el Proyecto Transmigración de la Corporación Chrysalis. Adoradores del antiguo dios Nyarlathotep, consideran que esto es una señal de que la hora de los Antiguos está cercana. Los agentes de los HDC se infiltran en la corporación. Después de poco tiempo, la Corporación Chrysalis y los Chohanoides se encuentran bajo el control total de los HDC.

(2058) La Nave de Esploración Ashcroft Desaparece – La “Ashcroft” se lanza en 2057 para explorar los confines exteriores del sistema solar. Se la considera el mayor logro tecnológico en la historia de la humanidad, y su misión es vista como la nueva esperanza de la humanidad ante las tensiones de la guerra fría. Sin embargo, se pierde el contacto con ella durante su exploración de Neptuno en 2058. La noticia sorprende al mundo. La sorpresa se convierte en preocupación cuando poco después se va perdiendo el contacto con las colonias una por una.

(2059) Da Comienzo la Primera Guerra Arcanotecnológica – La flota Nazzadi ataca la Tierra. Las estaciones espaciales orbitales y la colonia minera de la luna son destruidas. Los cuarteles generales de la Fundación Ashcroft en Arkham son destruidos también. La guerra está destinada a ser un conflicto largo y sangriento.

(2059) El Nuevo Gobierno de la Tierra – Las NNU declaran la ley marcial frente a esta nueva amenaza y se impone ante la autoridad de los diversos gobiernos nacionales. Se abren rápidamente canales diplomáticos con China y Oriente Medio ante esta nueva crisis para el establecimiento de una nueva organización global basada en los principios de las NNU. Bajo la presión de la invasión alienígena, se forma el Nuevo Gobierno de la Tierra (NGT).

(2060) Los Hijos del Caos Inician Planes para Invocar a los Antiguos – Buscando traer de nuevo a la Tierra a los Antiguos, los HDC utilizan a los Dhohanoides para tantos conocimientos antiguos y ocultos como sea posible. El caos de la Primera Guerra Arcanotecnológica es la señal del final del evo.

(2062) El Fragmento Ta’ge es Transcrito – En una misión para los Hijos del Caos, los Dhohanoides descubren un texto desconocido en una misión a las zonas más profundas del ártico. Transcrito a partir de las escrituras halladas en las ruinas de una ciudad de obsidiana, al texto se le conoce como los Fragmentos Ta’ge. Contiene conocimientos acerca de los Olvidados y otros conocimientos ocultos. Los Fragmentos Ta’ge se envían de vuelta al cuartel general de la Corporación Chrysalis en Johannesburgo, Sudáfrica, para ser estudiados. Una vez transcritos estos fragmentos, los Dhohanoides destruyen la ciudad para asegurarse de que los HDC mantengan el monopolio sobre sus secretos.

(2062) Rebelión Dentro de los Hijos del Caos – al estudiar los Fragmentos Ta’ge, un grupo de renegados dentro de los Hijos del Caos roba el trabajo y destruye los registros de la investigación de la Corporación Chrysalis. Estos renegados han acabado por oponerse a la visión de los HDC de un Nuevo Orden Mundial. De los catorce que se rebelan contra el culto, sólo tres consiguen escapar vivos con los fragmentos.

(2062) La Capital del Nuevo Gobierno de la Tierra se Traslada a Chicago – La ciudad de Nueva York, antigua capital del NGT, resulta destruida en un ataque Nazzadi. Sintiendo la necesidad de restablecerse en una zona más defendible ante ataques terrestres, el NGT reconstruye su gobierno en Chicago. La Fundación Ashcroft no tarda en trasladarse también.

(2063) Formación de la Sociedad Arcana – Reuniendo a individuos con sus mismas ideas a su causa, los antiguos Hijos del Caos crean la Sociedad Arcana. Comienzan a descifrar los Fragmentos Ta’ge en secreto y forjan un plan para enfrentarse con los Hijos del Caos.

(2064) La Máquina de Guerra Nazzadi Comienza a Fracturarse – Los generales “Primeros Nacidos” Nazzadi conocen la verdad, pero se les ha encargado perpetuar la mentira. Al final acaban por cuestionarse sus orígenes y sus propósitos. Algunos de ellos se unen a Kyrsa, un mariscal renegado, que busca el poder a través de la lealtad a sus maestros. Sin embargo, el Mariscal de Flota Vreta va desarrollando empatía a través de sus contactos con humanos y considera que los Nazzadi no tienen nada contra ellos. Decide hacer movimientos en pro de la paz. Es a través de él que la humanidad descubre la auténtica naturaleza de los Migou y sus planes. Los comandantes de Vreta comienzan a agrupar a las fuerzas Nazzadi en esta nueva alianza; sólo una cuarta parte de la raza permanece leal a los Migou. No pasa mucho tiempo hasta que los restos hostiles de la flota Nazzadi son derrotados.

(2064) Revelado el Rito de la Unión Sagrada – La Sociedad Arcana descifra un Rito de la Transfiguración modificado a partir de los Fragmentos Ta’ge conocido como el Rito de la Unión Sagrada. Este rito modificado potencia al recipiente, vinculándole a un poderoso ser ultraterreno. A través de un entrenamiento y de una voluntad adecuada, un huésped es capaz de controlar los poderes de su forma simbionte.

(2065) Finaliza la Primera Guerra Arcanotecnológica – Los delegados Nazzadi a las ordenes del Mariscal de Flota Vreta se entrevistan con el Presidente del NGT Nathaniel Roosevelt en una conferencia fuera de Chicago para discutir los términos de la paz. Se firma el Tratado de Schaumburgo y la guerra termina oficialmente. Los Nazzadi se integran en la sociedad del Nuevo Gobierno de la Tierra. Sin embargo, bandas de renegados Nazzadi continúan desafiando a la autoridad del NGT.

(2065) Los Primeros Tager – La Sociedad Arcana trata de realizar el Rito de la Unión Sagrada sobre individuos escogidos. De los seis sujetos de prueba iniciales, sólo dos sobreviven al proceso. El simbionte Ta’ge se manifiesta como un cascarón ultraterreno e inhumano, que imbuye al huésped de un gran poder. Nombrados a partir de los fragmentos, los Tager se convierten en el arma perfecta contra los Dhohanoides y sus amos de los HDC.

(2066) Los Migou se Preparan Para una Nueva Ofensiva – Los ahora descubiertos Migou se enfrentan a que la humanidad pueda lanzar un ataque contra Plutón. Se deciden a lanzar un ataque preventivo utilizando todos los recursos disponibles, incluyendo mechs Arcanotecnológicos, sus avanzados conocimientos científicos y tecnológicos, y la hechicería. La amenaza de los Nazzadi palidece en comparación.

(2067) Reconstrucción – Los esfuerzos por reconstruir una Tierra devastada por la guerra avanzan. La presidenta Ryoko Fujiwara prsenta una ley para la creación de lo que llama la “Nueva Sociedad”. Las junglas de asfalto del pasado se ven reemplazadas por nuevas maravillas arquitectónicas construidas con los compuestos de polímeros sintéticos más avanzados. Algunas de las nuevas ciudades, como Nuevo Tokio, reemplazan por completo a las ruinas de las anteriores ciudades. Una iniciativa de la “Nueva Sociedad” consiste en el establecimiento de un nuevo estado Nazzadi dentro del NGT. Cuba y Haití se convierten en el Estado Nazzadi de Nazza-Duhni.

(2067) Da Comienzo la Guerra en las Sombras – Armados con una fuerza de Tager, la Sociedad Arcana comienza su guerra secreta contra los Hijos del Caos y los Dhohanoides.

(2073) La Llegada del Innombrable – Los Hijos del Caos, utilizando a la Corporación Chrysalis como frente, lanza un nuevo proyecto para invocar a las fuerzas del olvido, la decadencia y la corrupción. El Proyecto Rey Ruinoso da sus frutos en una meseta cercana al Tíbet conocida como Leng en los textos antiguos. El avatar del dios muerto Hastur regresa una vez más al mundo.

(2074) Los Discípulos del Innombrable se Reúnen – Los Discípulos del Innombrable (DDI) se reúnen bajo dos facciones en Asia central. La Tormenta Despojadora trata de acelerar el retorno de los Antiguos eliminando todo resto de la humanidad de la Tierra. Las Sombras de la Muerte buscan infiltrarse en la sociedad para promover la corrupción y la degradación. Su propósito consiste en reducir a todos los mortales a un nivel de corrupción adecuado al de unos sirvientes de los Antiguos. El Innombrable coordina ambos grupos, llevando a cada uno de ellos a creer en su propia rectitud.

(2075 a 2077) Los Migou Invaden la Tierra – Armados con sus propios modelos de mechs, los Migou lanzan un ataque contra el NGT. Son el doble de efectivos con respecto a la flota de invasión Nazzadi de la Primera Guerra Arcanotecnológica. En dos años, el NGT ha perdido una tercera parte de la Tierra. Los Migou exterminan a los Nazzadi, pero a los humanos los capturan y experimentan con ellos.

(2075) Los Hijos del Caos Reanudan la Búsqueda de Cthulhu – Los Hijos del Caos comienzan a buscar pruebas de la localización del Antiguo Cthulhu en las profundidades del océano. Entrando en contacto con Dagón y sus Profundos, los HDC reviven a la Orden Esotérica de Dagón. La nueva Orden de Dagón, compuesta por Profundos, híbridos, engendros y cultistas mortales, consolida su poder en las Azores como etapa anterior a la dominación de los océanos de la Tierra.

(2076) La Orden Esotérica de Dagón Emerge como un Nuevo Poder – Decidada a encontrar R’lyeh y a despertar a dios durmiente Cthulhu, la Orden Esotérica de Dagón (OED) reúne a sus fuerzas para tomar los mares. En un primer momento, comienzan a desaparecer buques. Luego, comienzan a engendrar híbridos entre las comunidades costeras del mundo.

(2077) La Tormenta Despojadora Lanza una Campaña de Terror – Buena parte del sudeste asiático es consumida por la Tormenta. Los hijos de Hastur comienzan a amenazar China e Indonesia.

(2077) Base Poseidón Destruida – En el fondo marino, la Base Poseidón y su hermana del Pacífico la Base Neptuno son atacadas y destruidas por la Orden Esotérica. Las instalaciones agrícolas del Proyecto Atlantis sucumben al mismo destino. Aunque el público no es completamente consciente del peligro, dentro del NGT comienzan rápidamente a comprender la naturaleza de esta nueva amenaza.

(2078) Finaliza la Segunda Guerra Arcanotecnológica y Comienza la Guerra del Eón – el NGT reconoce de forma oficial a los cultos como una nueva amenaza. Enfrentados ante el poder de dos enemigos distintos pero igualmente poderosos, los estrategas del NGT comprenden que los términos de la guerra han cambiado por completo. Siendo ahora la Tierra el campo de batalla de tres antagonistas independientes, una nueva guerra evoluciona reemplazando a la antigua.

(2078) Los Migou Responden a la Amenaza de los Cultos – Los Migou, conscientes de que acabarían siendo esclavos junto a los mortales, se oponen al regreso de los Antiguos. Aunque desprecian a los advenedizos humanos y a sus traidores siervos Nazzadi, los Migou combaten contra los cultos con igual tenacidad.

(2079) Comienzan los Trabajos en el Proyecto Engel – Los mechs normales parecen incapaces de hacer frente a las incursiones de los Migou y de los Cultos contra el NGT. La Fundación Ashcroft, en conjunción con personal científico del NGT, lanzan un experimento secreto para crear mechs Arcanotecnológicos nuevos y más poderosos. Con el nombre en código de “Proyecto Engel”, los científicos experimentan con arcanotecnología bioorgánica.

(2080) Continúa la Purga de la Tormenta Despojadora – los ejércitos del Innombrable llegan a la costa norte de Australia y hasta Turkmenistan por el oeste.

(2081) Pruebas de los Prototipos de Engel – Se activa al primer Engel. Es tanto una criatura viviente como una máquina. El interfaz de control del piloto consiste en una cápsula de control insertada en el sistema nervioso de la “criatura”. A este interfaz se le conoce como comunión, ya que la mente del mech y la mente del piloto se funden para crear una aterradora máquina de guerra. Las primeras pruebas tienen un éxito del 100%.

(2081) La Política de Contención del NGT – Se sucede una oleada de infestaciones de híbridos por toda la costa de Nueva Inglaterra en Norteamérica, así como por parte de las costas irlandesas, francesas, españolas, portuguesas, brasileñas y africanas occidentales. Se envían fuerza del NGT para poner esas zonas en cuarentena y para evitar la propagación de la influencia de los cultos. Se adopta una política de “contención” contra la Orden Esotérica hasta que los Migou sean derrotados y se puedan utilizar todos los recursos del NGT en contra de los cultos.

(2082) Las Pruebas en Combate de los Engel Fase II Producen Resultados Destructivos – La primera prueba en campaña de los Engel sale mal. Los pilotos pierden gradualmente el control de sus Engels durante las pruebas de combate. Los Engels son bastante más sanguinarios y destructivos de lo que se había anticipado, dando como resultado una gran cantidad de bajas tanto enemigas como civiles. El despliegue activo de Engels se retrasa hasta la resolución de este problema.

(2083) Una Nueva Síntesis y Un Mejor Control Engel – El Interfaz de Síntesis Engel (ISE) se diseña utilizando potenciadores implantados Arcanotecnológicos dentro del cerebro del piloto. Estos nuevos mecanismos de control crean el grado necesario de control para dominar a los Engels de forma efectiva en combate. Sin embargo, hay un problema; ahora el piloto queda vinculado a un único Engel específico. No puede pilotar adecuadamente ningún otro Engel a menos que se vincule de nuevo a otro.

(2084) Los Engels se Despliegan con Éxito – Los Engels entran en el campo de batalla y le proporcionan una necesaria ventana al NGT. Sin embargo, los Engels son difíciles de producir y los pilotos entrenables no son fáciles de encontrar. Los Engels sólo componen una quinta parte de la máquina de guerra del NGT.

(2085) Hoy – La Guerra del Eón continúa mientras la humanidad lucha por su supervivencia.

jueves, 25 de septiembre de 2008

CthulhuTech - Dark Passions


Salio un nuevo libro de la saga de CthulhuTech. En esta oportunidad, podremos adentrarnos en la oscura y retorcida mente de los cultistas, aquellos humanos que han desidido traicionar a los suyos a cambio de un poco de poder.


martes, 23 de septiembre de 2008

CthulhuTech

Hace poco me acabo de enterar de la existencia de esta magnifica adaptación del universo Lovecraftniano.

Ambientación:
La última Guerra. 2085. La Humanidad se enfrenta a la Extinción. Alienígenas insectoides desde el límite de nuestro sistema solar, largamente escondidos tras la fachada de la realidad, vienen a esclavizarnos. Hordas de horrores innombrables se extienden desde Asia Central, devastando todo a su paso. La Iglesia del Dios-pez busca secretos ocultos perdidos por todo el mundo para desatar fuerzas terribles. Dioses muertos despiertan y tornan sus espantosas miradas hacia la Tierra. Y en el seno de ésta se esconde un cáncer, devorándola desde el mismo corazón del Nuevo Gobierno de la Tierra.

Esta es la Guerra del Eón. Este es el tiempo de CthulhuTech.

Súbete dentro de una máquina de guerra de 9 metros de altura y descarga el infierno sobre los inquebrantables Mi-Go. Lucha a brazo partido en el frente contra las horribles bestias de la Tormenta Devastadora. Busca la desagradable corrupción de la insidiosa Esotérica Orden de Dagón. Explora el mundo oscuro de la malvada Corporación Crisálida y sus monstruosos agentes ocultos. Examina cuidadosamente secretos que se creyeron largamente perdidos y maneja el poder del cosmos a tu antojo. Únete en simbiosis con algo más allá del tiempo y el espacio para convertirte en un cambiaformas portador de ira.


Web Oficial (en Inglés): http://www.cthulhutech.com/

Distribuidora en Español: http://okgames.es/cthulhutechsite

miércoles, 17 de septiembre de 2008

"El sabueso" de H.P. Lovecraft

En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.

St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo.

¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.

Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.

No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces -¡cómo me estremezco al recordarlo!- la espantosa fetidez de una tumba descubierta.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.

Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio.
Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.

Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.

¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.

Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido de cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.

Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.

Mucho -sorprendentemente mucho- era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.

En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta de que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.

Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.

Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.

Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.

Luego llegó el terror.

La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John lo invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.

Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad de que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.

Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría de que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.

El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra silueteada contra la luna que se alzaba en aquel momento.

Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:

-El amuleto..., aquel maldito amuleto...

Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.

Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.

Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Malecón Victoria, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.

Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Róterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.

Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.

Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.

No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.

Aquél fue el último acto racional que realicé.

Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.

La locura cabalga a lomos del viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.


FIN

miércoles, 10 de septiembre de 2008

domingo, 7 de septiembre de 2008

"El ser bajo la luz de la luna" de H.P. Lovecraft

Morgan no es hombre de letras; de hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se han reído.

Estaba sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:

«Me llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.

»Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.

»En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.

»Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.

»Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz..., entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.

»Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme... Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.

………………………………………………..

»Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.

»Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar..., ¡pero aún no ha podido ser!

»¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía... ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!

»Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.

»¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?»

Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.


FIN

"El anciano terrible" de H.P. Lovecraft

Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de la Calle Walter próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada... lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.

Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, lo protegen de las atenciones de caballeros como el señor Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de veleros de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Cara Cortada, Tom el Largo, Joe el Español, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogénea estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.

Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. El señor Ricci y el señor Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras el señor Czanek se quedaba esperándolos a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en la Calle Ship, junto a la verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.

Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en la Calle Walter junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarlo. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.

La espera le pareció muy larga al señor Czanek, que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en la Calle Ship. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. El señor Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.

Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados -como si hubieran recibido múltiples cuchilladas- y horriblemente triturados -como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas- que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en la Calle Ship, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.


FIN

sábado, 6 de septiembre de 2008

"La ciudad sin nombre" de H.P. Lovecraft

Al acercarme a la ciudad sin nombre me di cuenta de que estaba maldita. Avanzaba por un valle terrible reseco bajo la luna, y la vi a lo lejos emergiendo misteriosamente de las arenas, como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura deshecha. El miedo hablaba desde las erosionadas piedras de esta vetusta superviviente del diluvio, de esta bisabuela de la más antigua pirámide; y un aura imperceptible me repelía y me conminaba a retroceder ante antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debía ver, ni nadie se habría atrevido a examinar.

Perdida en el desierto de Arabia se halla la ciudad sin nombre, ruinosa y desmembrada, con sus bajos muros semienterrados en las arenas de incontables años. Así debía de encontrarse ya, antes de que pusieran las primeras piedras de Menfis, y cuando aun no se habían cocido los ladrillos de Babilonia. No hay leyendas tan antiguas que recojan su nombre o la recuerden con vida; pero se habla de ella temerosamente alrededor de las fogatas, y las abuelas cuchichean sobre ella también en las tiendas de los jeques, de forma que todas las tribus la evitan sin saber muy bien la razón. Esta fue la ciudad con la que el poeta loco Abdul Alhazred soñó la noche antes de cantar su dístico inexplicable:

«Que no está muerto lo que yace eternamente y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir»

Yo debía haber sabido que los árabes tenían sus motivos para evitar la ciudad sin nombre, la ciudad de la que se habla en extraños relatos, pero que no ha visto ningún hombre vivo; sin embargo, desafiándolos, penetré en el desierto inexplorado con mi camello. Sólo yo la he visto, y por eso no existe en el mundo otro rostro que ostente las espantosas arrugas que el miedo ha marcado en el mío, ni se estremezca de forma tan horrible cuando el viento de la noche hace retemblar las ventanas. Cuando la descubrí, en la espantosa quietud del sueño interminable, me miró estremecida por los rayos de una luna fría en medio del calor del desierto. Y al devolverle yo su mirada, olvidé el júbilo de haberla descubierto, y me detuve con mi camello a esperar que amaneciera.

Cuatro horas esperé, hasta que el oriente se volvió gris, se apagaron las estrellas, y el gris se convirtió en una claridad rosácea orlada de oro. Oí un gemido, y vi que se agitaba una tormenta de arena entre las piedras antiguas, aunque el cielo estaba claro y las vastas extensiones del desierto permanecían en silencio. Y de repente, por el borde lejano del desierto, surgió el canto resplandeciente del sol, a través de una minúscula tormenta de arena pasajera; y en mi estado febril imaginé que de alguna remota profundidad brotaba un estrépito de música metálica saludando al disco de fuego como Memnon lo saluda desde las orillas del Nilo. Y me resonaban los oídos, y me bullía la imaginación, mientras conducía mi camello lentamente por la arena hasta aquel lugar innominado; lugar que, de todos los hombres vivientes, únicamente yo he llegado a ver.

Y vagué entre los cimientos de las casas y de los edificios, sin encontrar relieves ni inscripciones que hablasen de los hombres -si es que fueron hombres- que habían construido esta ciudad y la habían habitado hacía tantísimo tiempo. La antigüedad del lugar era malsana, por lo que deseé fervientemente descubrir algún signo o clave que probara que había sido hecha efectivamente por los hombres. Había ciertas dimensiones y proporciones en las ruinas que me producían desasosiego. Llevaba conmigo numerosas herramientas, y cavé mucho entre los muros de los olvidados edificios; pero mis progresos eran lentos y nada de importancia aparecía. Cuando la noche y la luna volvieron otra vez, el viento frío me trajo un nuevo temor, de forma que no me atreví a quedarme en la ciudad. Y al salir de los antiguos muros para descansar, una pequeña tormenta de arena se levantó detrás de mí, soplando entre las piedras grises, a pesar de que brillaba la luna, y casi todo el desierto permanecía inmóvil.

Al amanecer desperté de una cabalgata de horribles pesadillas, y me resonó en los oídos como un tañido metálico. Vi asomar el sol rojizo entre las últimas ráfagas de una pequeña tormenta de arena que flotaba sobre la ciudad sin nombre, haciendo más patente la quietud del paisaje. Una vez más, me interné en las lúgubres ruinas que abultaban bajo las arenas como un ogro bajo su colcha, y de nuevo cavé en vano en busca de reliquias de la olvidada raza. A mediodía descansé, y dediqué la tarde a señalar los muros, las calles olvidadas y los contornos de los casi desaparecidos edificios. Observe que la ciudad había sido efectivamente poderosa, y me pregunté cuáles pudieron ser los orígenes de su grandeza. Me representaba el esplendor de una edad tan remota que Caldea no podría recordarla, y pensé en Sarnath la Predestinada, ya existente en la tierra de Mnar cuando la humanidad era todavía joven, y en Ib, excavada en la piedra gris antes de la aparición de los hombres.

De repente, llegué a un lugar donde la roca del subsuelo emergía de la arena formando un bajo acantilado y vi con alegría lo que parecía prometer nuevos vestigios del pueblo antediluviano. Toscamente talladas en la cara del acantilado, aparecían las inequívocas fachadas de varios edificios pequeños o templos achaparrados, cuyos interiores conservaban quizá numerosos secretos de edades incalculablemente remotas; aunque las tormentas de arena habían borrado hacía tiempo los relieves que sin duda exhibieron en su exterior.

Las oscuras aberturas próximas a mí eran muy bajas y estaban cegadas por las arenas; pero limpié una de ellas con la pala y me introduje a gatas, llevando una antorcha que me revelase los misterios que hubiese. Una vez en el interior, vi que la caverna era efectivamente un templo, y descubrí claros signos de la raza que había vivido y practicado su religión antes de que el desierto fuese desierto. No faltaban altares primitivos, pilares y nichos, todo singularmente bajo; y aunque no veía esculturas ni frescos, había muchas piedras extrañas, claramente talladas en forma de símbolos por algún medio artificial. Era muy extraña la baja altura de la cámara cincelada, ya que apenas me permitía estar de rodillas; pero el recinto era tan grande que la antorcha revelaba una parte solamente. Algunos de los últimos rincones me producían temor; ya que determinados altares y piedras sugerían olvidados ritos de naturaleza repugnante e inexplicable que hicieron que me preguntase qué clase de hombres podían haber construido y frecuentado semejante templo. Cuando hube visto todo lo que contenía el lugar, salí gateando otra vez, ansioso por averiguar lo que pudieran revelarme los templos.

La noche se estaba echando encima; pero las cosas tangibles que había visto hacían que mi curiosidad fuese más fuerte que mi miedo, y no huí de las largas sombras lunares que me habían intimidado la primera vez que vi la ciudad sin nombre. En el crepúsculo, limpié otra abertura; y encendiendo una nueva antorcha me introduje a rastras por ella, y descubrí más piedras y símbolos enigmáticos; pero todo era tan vago como en el otro templo. El recinto era igual de bajo, aunque bastante menos amplio, y terminaba en un estrecho pasadizo en el que había oscuras y misteriosas hornacinas. Y me encontraba examinando estas hornacinas cuando el ruido del viento y mi camello turbaron la quietud, y me hicieron salir a ver qué había asustado al animal.

La luna brillaba intensamente sobre las primitivas ruinas, iluminando una densa nube de arena que parecía producida por un viento fuerte, aunque decreciente, que soplaba desde algún lugar del acantilado que tenía ante mí. Sabía que era este viento frío y arenoso lo que había inquietado al camello, y estaba a punto de llevarlo a un lugar más protegido, cuando alcé los ojos por casualidad y vi que no soplaba viento alguno en lo alto del acantilado. Esto me dejó asombrado, y me produjo temor otra vez; pero inmediatamente recordé los vientos locales y súbitos que había observado anteriormente durante el amanecer y el crepúsculo, y pensé que era cosa normal. Supuse que provenía de alguna grieta de la roca que comunicaba con alguna cueva, y me puse a observar el remolino de arena a fin de localizar su origen; no tardé en descubrir que salía de un orificio negro de un templo bastante más al sur de donde yo estaba, casi fuera de mi vista. Eché a andar contra la nube sofocante de arena, en dirección a dicho templo, y al acercarme descubrí que era más grande que los demás, y que su entrada estaba bastante menos obstruida de arena dura. Habría entrado, de no ser por la terrible fuerza de aquel viento frío que casi apagaba mi antorcha. Brotaba furioso por la oscura puerta suspirando misteriosamente mientras agitaba la arena y la esparcía por entre las espectrales ruinas. Poco después empezó a amainar, y la arena se fue aquietando poco a poco, hasta que finalmente todo quedo inmóvil otra vez; pero una presencia parecía acechar entre las piedras fantasmales de la ciudad, y cuando alcé los ojos hacia la luna, me pareció que temblaba como si se reflejara en la superficie de unas aguas trémulas. Me sentía más asustado de lo que podía explicarme, aunque no lo bastante como para reprimir mi sed de prodigios; así que tan pronto como el viento se calmó, crucé el umbral y me introduje en el oscuro recinto de donde había brotado el viento.

Este templo, como había imaginado desde el exterior, era el más grande de cuantos había visitado hasta el momento; probablemente era una caverna natural, ya que lo recorrían vientos que procedían de alguna región interior. Aquí podía estar completamente de pie; pero vi que las piedras y los altares eran tan bajos como los de los otros templos. En los muros y en el techo observé por primera vez vestigios del arte pictórico de la antigua raza, curiosas rayas onduladas hechas con una pintura que casi se había borrado o descascarillado; y en dos de los altares vi con creciente excitación un laberinto de relieves curvilíneos bastante bien trazados. Al alzar en alto la antorcha, me pareció que la forma del techo era demasiado regular para que fuese natural, y me pregunté qué prehistóricos escultores habrían trabajado en este lugar. Su habilidad técnica debió de ser inmensa.

Luego, una súbita llamarada de la caprichosa antorcha me reveló lo que había estado buscando: el acceso a aquellos abismos más remotos de los que había brotado el inesperado viento; sentí un desvanecimiento al descubrir que se trataba de una puerta pequeña, artificial, cincelada en la sólida roca. Metí la antorcha por ella, y vi un túnel negro de techo bajo y abovedado que se curvaba sobre un tramo descendente de toscos escalones, muy pequeños, numerosos y empinados. Siempre veré esos peldaños en mis sueños, ya que llegué a saber lo que significaban. En aquel momento no sabía si considerarlos peldaños o meros apoyos para salvar una pendiente demasiado pronunciada. La cabeza me daba vueltas, agobiada por locos pensamientos, y parecieron llegarme flotando las palabras y advertencias de los profetas árabes, a través del desierto, desde las tierras que los hombres conocen a la ciudad sin nombre que no se atreven a conocer. Pero sólo vacilé un momento, antes de cruzar el umbral y empezar a bajar precavidamente por el empinado pasadizo, con los pies por delante, como por una escala de mano.

Sólo en los terribles desvaríos de la droga o del delirio puede un hombre haber efectuado un descenso como el mío. El estrecho pasadizo bajaba interminable como un pozo espantosamente fantasmal, y la antorcha que yo sostenía por encima de mi cabeza no alcanzaba a iluminar las ignoradas profundidades hacia las que descendía. Perdí la noción de las horas y olvidé consultar mi reloj, aunque me asusté al pensar en la distancia que debía de estar recorriendo. Había giros y cambios de pendiente; una de las veces llegué a un corredor largo, bajo y horizontal, donde tuve que arrastrarme por el suelo rocoso con los pies por delante, sosteniendo la antorcha cuanto daba de sí la longitud de mi brazo. No había altura suficiente para permanecer de rodillas. Después, me encontré con otra escalera empinada, y seguí bajando interminablemente mientras mi antorcha se iba debilitando poco a poco, hasta que se apagó. Creo que no me di cuenta en ese momento, porque cuando lo noté, aún la sostenía por encima de mí como si me siguiera alumbrando. Me tenía completamente trastornado esa pasión por lo extraño y lo desconocido que me había convertido en un errabundo en la tierra y un frecuentador de lugares remotos, antiguos y prohibidos.

En la oscuridad, me venían al pensamiento súbitos fragmentos de mi amado tesoro de saber demoníaco: frases del árabe loco Alhazred, párrafos de las pesadillas apócrifas de Damascius, y sentencias infames del delirante Image du Monde de Gauthier de Metz. Repetía citas extrañas y murmuraba cosas sobre Afrasiab y los demonios que bajaban flotando con él por el Oxus; más tarde, recité una y otra vez la frase de uno de los relatos de Lord Dunsany: «La sorda negrura del abismo». En una ocasión en que el descenso se volvió asombrosamente pronunciado, repetí con voz monótona un pasaje de Tomás Moro, hasta que tuve miedo de recitarlo más:

Un pozo de tinieblas. negro
tomo un caldero de brujas, lleno
De drogas lunares en eclipse destiladas
Al inclinarme a mirar si podía bajar el pie
Por ese abismo, vi, abajo,
Hasta donde alcanzaba la mirada,
Negras Paredes lisas como el cristal
Recién acabadas de pulir,
Y con esa negra pez que el Trono de la Muerte
Derrama por sus bordes viscosos.


El tiempo había dejado de existir por completo cuando mis pies tocaron nuevamente un suelo horizontal, y llegué a un recinto algo más alto que los dos templos anteriores que, ahora, estaban a una distancia incalculable, por encima de mí. No podía ponerme de pie, pero podía enderezarme arrodillado; y en la oscuridad, me arrastré y gateé de un lado para otro al azar. No tardé en darme cuenta de que me encontraba en un estrecho pasadizo en cuyas paredes se alineaban numerosos estuches de madera con el frente de cristal. El descubrir en semejante lugar paleozoico y abismal objetos de cristal y madera pulimentada me produjo un estremecimiento, dadas sus posibles implicaciones. Al parecer, los estuches estaban ordenados a lo largo del pasadizo a intervalos regulares, y eran oblongos y horizontales, espantosamente parecidos a ataúdes por su forma y tamaño. Cuando traté de mover uno o dos, a fin de examinarlos, descubrí que estaban firmemente sujetos.

Comprobé que el pasadizo era largo y seguí adelante con rapidez, emprendiendo una carrera a cuatro patas que habría parecido horrible de haber habido alguien observándome en la oscuridad; de vez en cuando me desplazaba a un lado y a otro para palpar mis alrededores y cerciorarme de que los muros y las filas de estuches seguían todavía. El hombre está tan acostumbrado a pensar visualmente que casi me olvidé de la oscuridad, representándome el interminable corredor monótonamente cubierto de madera y cristal como si lo viese. Y entonces, en un instante de indescriptible emoción, lo vi.

No sé exactamente cuándo lo imaginado se fundió a la visión real; pero surgió gradualmente un resplandor delante de mí, y de repente me di cuenta de que veía los oscuros contornos del corredor y los estuches a causa de alguna desconocida fosforescencia subterránea. Durante un momento todo fue exactamente como yo lo había imaginado, ya que era muy débil la claridad; pero al avanzar maquinalmente hacia la luz cada vez más fuerte, descubrí que lo que yo había imaginado era demasiado débil. Esta sala no era una reliquia rudimentaria como los templos de arriba, sino un monumento de un arte de lo más magnífico y exótico. Ricos y vívidos y atrevidamente fantásticos dibujos y pinturas componían una decoración mural continua cuyas líneas y colores superarían toda descripción. Los estuches eran de una madera extrañamente dorada, con un frente de exquisito cristal, y contenían los cuerpos momificados de unas criaturas que superarían en grotesca fealdad los sueños más caóticos del hombre.

Es imposible dar una idea de estas monstruosidades. Era de naturaleza reptil con unos rasgos corporales que unas veces recordaban al cocodrilo, otras a la foca, pero más frecuentemente a seres que el naturalista y el paleontólogo no han conocido jamás. Tenían más o menos el tamaño de un hombre bajo, y sus extremidades anteriores estaban dotadas de unas zarpas delicadas claramente parecidas a las manos y los dedos humanos. Pero lo más extraño de todo eran sus cabezas, cuyo contorno transgredía todos los principios biológicos conocidos. No hay nada a lo que aquellas criaturas se pueda comparar con propiedad... fugazmente, pensé en seres tan diversos como el gato, el perro dogo, el mítico sátiro y el ser humano. Ni el propio Júpiter tuvo una frente tan enorme y protuberante; sin embargo, los cuernos, la carencia de nariz y la mandíbula de caimán, les situaba fuera de toda categoría establecida. Durante un rato dudé de la realidad de las momias, casi inclinándome a suponer que se trataba de ídolos artificiales; pero no tardé en convencerme de que eran efectivamente especies paleógenas que habían existido cuando la ciudad sin nombre estaba viva. Como para rematar el carácter grotesco de sus naturalezas, la mayoría estaban suntuosamente vestidas con tejidos costosos y lujosamente cargadas de adornos de oro, joyas y metales brillantes y desconocidos.

La importancia de estas criaturas reptiles debió de ser inmensa, ya que estaban en primer término, entre los extravagantes motivos de los frescos que decoraban las paredes y los techos. El artista las había retratado con inigualable habilidad en su propio mundo, en el cual tenían ciudades y jardines trazados según sus dimensiones; y no pude por menos de pensar que su historia representada era alegórica, revelando quizá el progreso de la raza que las adoraba. Estas criaturas, me decía, debían de ser para los habitantes de la ciudad sin nombre lo que fue la loba para Roma, o los animales totémicos para una tribu de indios.

Siguiendo esta teoría, pude descifrar someramente una épica asombrosa de la ciudad sin nombre: la crónica de una poderosa metrópoli costera que gobernó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus luchas cuando el mar se retiró y el desierto invadió el fértil valle que la mantenía. Vi sus guerras y sus triunfos, sus tribulaciones y derrotas, y después, su terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes -representados aquí alegóricamente como grotescos reptiles- se vieron empujados a abrirse camino hacia abajo, excavando la roca de alguna forma prodigiosa, en busca del mundo del que les habían hablado sus profetas. Todo era misteriosamente vívido y realista; y su conexión con el impresionante descenso que yo había efectuado era inequívoco. Incluso reconocía los pasadizos.

Al avanzar por el corredor hacia la luz más brillante, vi nuevas etapas de la épica representada: la despedida de la raza que había habitado la ciudad sin nombre y el valle hacía unos diez millones de años; la raza cuyas almas se negaban a abandonar los escenarios que sus cuerpos habían conocido durante tanto tiempo, en los que se habían asentado como nómadas durante la juventud de la tierra, tallando en la roca virgen aquellos santuarios en los que no habían dejado de practicar sus cultos religiosos. Ahora que había más luz, pude examinar las pinturas con más detenimiento; y recordando que los extraños reptiles debían de representar a los hombres desconocidos, pensé en las costumbres imperantes en la ciudad sin nombre. Había muchas cosas inexplicables. La civilización, que incluía un alfabeto escrito, había llegado a alcanzar, al parecer, un grado superior al de aquellas otras inmensamente posteriores de Egipto y de Caldea; aunque noté omisiones singulares. Por ejemplo, no pude descubrir ninguna representación de la muerte o de las costumbres funerarias, salvo en las escenas de guerra, de violencia o de plagas; así que me preguntaba por qué esta reserva respecto de la muerte natural. Era como si hubiesen abrigado un ideal de inmortalidad como una ilusión esperanzadora.

Más cerca del final del pasadizo había pintadas escenas de máximo exotismo y extravagancia: vistas de la ciudad sin nombre que ahora contrastaban por su despoblación y su creciente ruina, y de un extraño y nuevo reino paradisíaco hacia el que la raza se había abierto camino con sus cinceles a través de la roca. En estas perspectivas, la ciudad y el valle desierto aparecían siempre a la luz de la luna, con un halo dorado flotando sobre los muros derruidos y medio revelando la espléndida perfección de los tiempos anteriores, espectralmente insinuada por el artista. Las escenas paradisíacas eran casi demasiado extravagantes para que resultaran creíbles, retratando un mundo oculto de luz eterna, lleno de ciudades gloriosas y de montes y valles etéreos. Al final, me pareció ver signos de un anticlímax artístico. Las pinturas se volvieron menos hábiles y mucho más extrañas, incluso, que las más disparatadas de las primeras. Parecían reflejar una lenta decadencia de la antigua estirpe, a la vez que una creciente ferocidad hacia el mundo exterior del que les había arrojado el desierto. Las formas de las gentes -siempre simbolizadas por los reptiles sagrados- parecían ir consumiéndose gradualmente, aunque su espíritu, al que mostraban flotando por encima de las ruinas bañadas por la luna, aumentaba en proporción. Unos sacerdotes flacos, representados como reptiles con atuendos ornamentales, maldecían el aire de la superficie y a cuantos seres lo respiraban; y en una terrible escena final se veía a un hombre de aspecto primitivo -quizá un pionero de la antigua Irem, la Ciudad de los Pilares-, en el momento de ser despedazado por los miembros de la raza anterior. Recuerdo el temor que la ciudad sin nombre inspiraba a los árabes, y me alegré de que más allá de este lugar, los muros grises y el techo estuviesen desnudos de pinturas.

Mientras contemplaba el cortejo de la historia mural, me fui acercando al final del recinto de techo bajo, hasta que descubrí una entrada de la cual subía la luminosa fosforescencia. Me arrastré hasta ella, y dejé escapar un alarido de infinito asombro ante lo que había al otro lado; pues en vez de descubrir nuevas cámaras más iluminadas, me asomé a un ilimitado vacío de uniforme resplandor, como supongo que se vería desde la cumbre del monte Everest, al contemplar un mar de bruma iluminada por el sol. Detrás de mí había un pasadizo tan angosto que no podía ponerme de pie; delante, tenía un infinito de subterránea refulgencia.

Del pasadizo al abismo descendía un pronunciado tramo de escaleras -de peldaños pequeños y numerosos, como los de los oscuros pasadizos que había recorrido-; aunque unos pies más abajo los ocultaban los vapores luminosos. Abatida contra el muro de la izquierda, había abierta una pesada puerta de bronce, increíblemente gruesa y decorada con fantásticos bajorrelieves, capaz de aislar todo el mundo interior de luz, si se cerraba, respecto de las bóvedas y pasadizos de roca. Miré los peldaños, y de momento, me dio miedo descender por ellos. Tiré de la puerta de bronce, pero no pude moverla. Luego me tumbé boca abajo en el suelo de losas, con la mente inflamada en prodigiosas reflexiones que ni siquiera el mortal agotamiento podía disipar.

Mientras estaba tendido, con los ojos cerrados y pensando libremente, me volvieron a la conciencia muchos detalles que había observado de pasada en los frescos con un significado nuevo y terrible; escenas que representaban la ciudad sin nombre en su esplendor, la vegetación del valle que la rodeaba, y las tierras distantes con las que sus mercaderes comerciaban. La alegoría de las criaturas reptantes me desconcertaba por su universal distinción, y me asombraba que se conservase con tanta insistencia en una historia de tal importancia. En los frescos se representaba la ciudad sin nombre guardando la debida proporción con los reptiles. Me preguntaba cuáles serían sus proporciones reales y su magnificencia, y medité un momento sobre determinadas peculiaridades que había notado en las ruinas. Me parecía extraña la escasa altura de los templos primordiales y del corredor del subsuelo, tallado indudablemente por deferencia a las deidades reptiles que ellos adoraban; aunque, evidentemente, obligaban a los adoradores a reptar. Quizá los mismos ritos comportaban esta imitación de las criaturas adoradas. Sin embargo, ninguna teoría religiosa podía explicar por qué los pasadizos horizontales que se intercalaban en ese espantoso descenso eran tan bajos como los templos... o más, puesto que no era posible permanecer siquiera de rodillas. Al pensar en las criaturas reptiles, cuyos espantosos cuerpos momificados tenía tan cerca de mí, sentí un nuevo sobresalto de terror. Las asociaciones de la mente son muy extrañas; y me encogí ante la idea de que, salvo el pobre hombre primitivo despedazado de la última pintura, la mía era la única forma humana, en medio de las numerosas reliquias y símbolos de vida primordial.

Pero en mi extraña y errabunda existencia, el asombro siempre se imponía a mis temores; pues el abismo luminoso y lo que podía contener planteaban un problema valiosísimo para el más grande explorador. No me cabía duda de que al pie de aquella escalera de peldaños singularmente pequeños había un mundo extraño y misterioso, y esperaba encontrar allí los recuerdos humanos que las pinturas del corredor no me habían podido ofrecer. Los frescos representaban ciudades y valles increíbles de esta región inferior, y mi imaginación se demoraba en las ricas ruinas que me esperaban.

Mis temores, efectivamente, se relacionaban más con el pasado que con el futuro. Ni siquiera el horror físico de mi situación en aquel angosto corredor de reptiles muertos y frescos antediluvianos, millas por debajo del mundo que yo conocía, y ante ese otro mundo de luces y brumas espectrales, podía compararse con el miedo que sentía ante la abismal antigüedad del escenario y de su espíritu. Una antigüedad tan inmensa que empequeñecía todo cálculo parecía mirar de soslayo desde las rocas primordiales y los templos tallados de la ciudad sin nombre, mientras que los últimos mapas asombrosos de los frescos mostraban océanos y continentes que el hombre ha olvidado, cuyos contornos eran vagamente familiares. Nadie sabía qué podía haber sucedido en las edades geológicas ya que las pinturas se interrumpían, y la resentida y rencorosa raza había sucumbido a la decadencia. En otro tiempo, estas cavernas y la luminosa región que se abría más allá habían hervido de vida; ahora, me encontraba solo entre estas vívidas reliquias, y temblaba al pensar en los incontables siglos durante los cuales dichas reliquias habían mantenido una vigilia muda y abandonada.

De pronto, me invadió nuevamente aquel agudo terror que de cuando en cuando me asaltaba desde que había visto el terrible valle y la ciudad sin nombre bajo la fría luna; y a pesar de mi cansancio, me sorprendí a mí mismo incorporándome frenéticamente, y mirando hacia el oscuro corredor, hacia los túneles que subían al mundo exterior. Me dominó el mismo sentimiento que me había hecho abandonar la ciudad sin nombre por la noche, y que era tan inexplicable como acuciante. Un momento después, sin embargo, sufrí una impresión aún mayor en forma de un ruido definido: el primero que quebraba el absoluto silencio de estas profundidades sepulcrales. Fue un gemido bajo, profundo, como de una multitud lejana de espíritus condenados; y provenía del lugar hacia donde yo miraba. El rumor fue creciendo rápidamente, y no tardó en resonar de forma espantosa por el bajo pasadizo. Al mismo tiempo, tuve conciencia de una corriente de aire frío, cada vez más fuerte, idéntica a la que brotaba de los túneles y barría la ciudad. El contacto de ese viento pareció devolverme el equilibrio, porque instantáneamente recordé las súbitas ráfagas que se levantaban en torno a la entrada del abismo en el amanecer y el crepúsculo, una de las cuales, efectivamente, me había revelado los túneles secretos. Consulté mi reloj y vi que faltaba poco para amanecer, así que me preparé para resistir el vendaval que regresaba a su caverna, del mismo modo que había salido al atardecer. Mi miedo disminuyó otra vez, ya que un fenómeno natural tiende a disipar las lucubraciones sobre lo desconocido.

Cada vez entraba con más violencia el quejumbroso y aullante viento de la noche, precipitándose en el abismo subterráneo. Me dejé caer de nuevo boca abajo, y me agarré vanamente al suelo, temiendo que me arrastrara por la puerta y me precipitara en el abismo fosforescente. No me había esperado una furia semejante; y al darme cuenta de que, en efecto, me iba deslizando por el suelo hacia el abismo, me asaltaron mil nuevos terrores imaginarios. La malignidad de aquella corriente despertó en mí increíbles figuraciones; una vez más me comparé, con un estremecimiento, a la única imagen humana del espantoso corredor, al hombre despedazado por la desconocida raza; porque los zarpazos demoníacos de los torbellinos parecían contener una furia vindicativa tanto más fuerte cuanto que me sentía casi impotente. Cerca del final, creo que grité frenéticamente -casi enloquecido-; si fue así, mis gritos se perdieron en aquella babel infernal de espíritus aulladores. Traté de retroceder arrastrándome contra el torrente invisible y homicida, pero no podía afianzarme siquiera, y seguía siendo arrastrado lenta e inexorablemente hacia el mundo desconocido. Por último, se me debió de trastornar la razón, y empecé a balbucear, una y otra vez, aquel inexplicable dístico del árabe loco Abdul Alhazred, que soñó con la ciudad sin nombre:

«Que no está muerto lo que yace eternamente, Y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir».

Sólo los ceñudos y severos dioses del desierto saben lo que ocurrió en realidad; qué forcejeos y luchas sostuve en la oscuridad, o qué Abaddón me guió de nuevo a la vida, donde siempre habré de recordar, y estremecerme, cuando sopla el viento de la noche, hasta que el olvido o algo peor me reclame. Fue monstruoso, inmenso, antinatural... muy lejos de cuanto el hombre pueda concebir, salvo en las primeras horas silenciosas y detestables de la madrugada, cuando uno no puede dormir.

He dicho que la furia del viento era infernal -cacodemoníaca-, y que sus voces eran espantosas a causa de una perversidad reprimida durante eternidades de desolación. Luego, estas voces, aunque delante de mí seguían siendo caóticas, imaginó mi cerebro enfebrecido que adoptaban forma articulada detrás; y allá en la tumba de unas antigüedades muertas hacía innumerables evos, leguas debajo del mundo diurno de los hombres, oí horribles maldiciones y gruñidos de demonios de extrañas lenguas. Al volverme, vi recortarse contra el éter luminoso del abismo lo que no podía verse en la oscuridad del corredor: una horda pesadillesca de seres que se precipitaban, de demonios semitransparentes distorsionados por el odio, grotescamente ataviados, y pertenecientes a una raza que nadie habría podido confundir: la de las criaturas reptiles de la ciudad sin nombre.

Cuando se calmó el viento, me envolvió la negrura más absoluta de las entrañas de la tierra; porque detrás de la última de las criaturas, la gran puerta de bronce se cerró de golpe con un estruendo ensordecedor de música metálica cuyos ecos ascendieron hasta el mundo distante para saludar al sol naciente, como lo saluda Memnón desde las orillas del Nilo.


FIN

viernes, 5 de septiembre de 2008

"Hey There Cthulhu"

Una parodia del tema "Hey there Dalilah" de The Plain White T's

Hey There Cthulhu



HEY THERE CHTHULHU

Lyrics copyright © 2008 by Eben Brooks and Allison Lonsdale

Hey there Chthulhu down there in your sunken city
You're a billion light-years distant and the stars look very pretty
From R'lyeh
So close and yet so far away. Ia Iay.

Chthulhu fuh-TAH-gun, or is that Chthulhu fuh-TINE?
I can never quite remember 'cause I'm not in my right minds
Since I met you
No one corrupts the way you do. You know it's true

(Chorus)
Oh, it's what you'll do to me
Oh, and all humanity
Oh, you'll rise up from the sea
Oh, kill everyone slowly
Except the one's like me

Hey there Chthulhu, I've been studying your gospel
The Necronomicon, it gives me nightmares something awful
Where I see
The death of all reality. It fills me with glee

So when the stars are right, you'll come and do your worst
But that's okay because I know you'll eat the cultists like me first
When you get here
I know that day is drawing near. I have no fear

(Chorus)
A billion light-years seems so far
Below the sea, beyond the stars
Of these humans' putrid souls you'll drink your fill
The fools will all make fun of me
But I'll just laugh maniacally
'Cause no one's ever suffered like they will
Chthulhu, I can promise you
That by the time this cult gets through
The world will never ever be the same!
Praise your dark name!

Phn'glui mglw'nafh Chthulhu R'lyeh wagn'nagl fhtagn
Boy, that's really quite a mouthful, can't quite cram it in my noggin
Not today
I try to say it anyway
I feel my soul being to fray
Still I await that frabjous day
Chthulhu calay!

(Chorus)
Oh, kill everyone but me
Everyone but me